viernes, 27 de junio de 2008

Campos de Castilla

"¡Colinas plateadas,
grises alcores,
cárdenas roquedas..."




Así comenzaba Machado su poema "A orillas del Duero", así homenajeaba a las tierras castellanas el gran poeta sevillano, él, que bebió de las fuentes del Paris modernista, que conoció personalmente a Víctor Hugo, a Rubén Darío, a tantos y tantos personajes admirables y llenos de arte, se rindió ante el paisaje castellano que se abría como una flor en primavera ante sus tristes ojos de amante destrozado. Su mujer, Leonor, había muerto recientemente y ver, recorrer, aspirar los aromas que tantas tardes a su lado había compartido, le partía el alma...

"...hoy siento por vosotros,
en el fondo del corazón, tristeza,
¡tristeza que es amor!..."

Hoy mis ojos han contemplado esos parajes desde mi coche. El atardecer caía lentamente sobre los campos arados, el cielo, cansado de su azul, se rendía naranja y ocre sobre las suaves colinas que se recortaban a lo lejos. He cerrado los ojos y aspirado fuerte los aromas de la primavera, el aire comenzaba a enfriarse. Ahora, cuando las distancias son cortas, cuando en un par de horas se pueden recorrer cientos de kilómetros, la sensación de grandeza de la Mancha parece disminuir, pero al pensar en Don Quijote sobre Rocinante, en la marcha cansina del escuálido animal, me he dado cuenta de lo pequeño que soy, que somos todos.


Las estrellas brillaban encima de mi cabeza, los campos se extendían silenciosos a mi alrededor y he sentido el amor. Amor a una tierra olvidada, donde los pueblos agonizan y las personas mueren en el anonimato y en el silencio de los tiempos. Castilla, que en otro tiempo fue el corazón de Europa, con sus ganados, sus trigos, su intenso comercio, sus gentes austeras pero buenas, sus castillos, molinos, tierras de labor y climas extremos, se muere sin remedio. Ya no importan nada sus héroes pasados, que su tierra esté bañada de la sangre de romanos, godos, árabes y cristianos.

Tampoco importan mucho estos campos tristes, labrados a base de sudor y lágrimas de gente gris, honrada y esforzada, temerosa de Dios. La vida sigue, la gloria se desvanece, los gobernantes siempre fueron el cáncer de Castilla, su población, esclava de un trabajo intensísimo recompensado con hambre y enfermedades, se moría sin remedio asfixiada por impuestos y tributos, pero ya nada importa. Castilla está olvidada, no existen nacionalismos que la defiendan, a nadie le interesan estas tierras ya.

La España profunda existe, y está tan cerca de Madrid que apenas nos damos cuenta. Ya para nada nos sirves, Castilla, tú que siempre ofreciste afecto a las personas que te recorrieron, tú, que has dado al mundo tantos y tantos genios de las letras, de la pintura y del pensamiento, te mueres sin que ni siquiera nadie jamás haya reconocido tus méritos y tu importancia, sin que ningún poderoso haya intercedido por ti. Todo han sido tristezas, mi amada Castilla, todo amarguras, todo han sido gigantes y molinos, Rocinantes y Rucios, Quijotes y Sanchos.
Al menos esta noche yo te he sentido como se siente la tierra en la que se nace, otra vez hoy, aunque yo nada te he dado, has vuelto a ofrecerme algo grande como hace ya muchos años se lo ofreciste al gran Machado. Créeme que nunca olvidaré esta sensación que hoy encierra mi pecho.
Hoy mi corazón rebosa tristeza, tristeza que es amor.

1 comentario:

lidia dijo...

aces cosas y interesantes me alegro muxo x ti k todo te vaya bien y k seas tan listo.un beso xao.lidia