jueves, 21 de agosto de 2008

JACOBO

“Cuando menos te lo esperas va la vida y te sorprende, tanto tiempo de vacío que se llena de repente. He vuelto a ver a un buen amigo, a mi colega de siempre…”
Así reza El Arrebato en uno de sus mejores temas a mi entender.
Siempre es grato saber de personas cuyo recuerdo guardas en el fondo de tu alma por mucho tiempo que pase sin verlas.
Siempre me he acordado de mi amigo Jacobo con cariño.

Un chico de barrio que conocí en el colegio, con tez olivada y con las zapatillas más guapas que recuerdo. Con ellas lograba saltar desde lo más alto de las espalderas del gimnasio sin destrozarse los tobillos. Sin duda era uno de los más fuertes de la clase, y aunque nadie se acercaba a él por su aspecto peligroso y su mostacho incipiente cuando el resto de críos no teníamos ni bozo sutil encima de la boca, él comenzó a sentarse conmigo.
Me hablaba de su barrio, El Hoyo, donde muchos de sus amigos eran auténticos delincuentes juveniles que fumaban porros y robaban a los muchachos de otras zonas de Aranjuez.

Jacobo era bueno en matemáticas, le encantaban las artes marciales y los videojuegos.
Recuerdo un trabajo que hice con él sobre este último tema, también me acuerdo de su perro, un boxer entrado en años, del boomerang que tenía encima de la cama y de los dos patitos silvestres encerrados en una caja que había birlado a su madre en los márgenes del río Tajo.
Luego le perdí la pista cuando llegó el Instituto, su vida seguía siendo un asco, trabajaba de lo que le salía y su pasado, desconocido por él hasta el momento, se revelaba cruel y angustioso ante sus ojos adolescentes. La mujer que le había criado toda la vida no era su abuela, su padre le había dejado a su cuidado y se había ido al Levante a vivir con otra mujer y tenía con ella un hermanastro.
Jacobo había perdido el norte definitivamente, incluso la cabeza. Había estado ingresado en un psiquiátrico por depresión y esquizofrenia y tenía que medicarse con pastillas para estos desórdenes mentales.
Salía solo por las noches, nadie quería estar a su lado, y cuando en algún bar de copas nos lo encontrábamos, huíamos de él porque era capaz de meterte en un lío por su cabeza perdida y su carácter extraño.
Pero había días que no podíamos esquivarle y me acompañaba a casa aunque viviese alejado de mi barrio, quería que alguien le escuchara, me hablaba de su padre, de que soñaba con matarle, de que su supuesta abuela le tenía harto, de que había cogido una moto de segunda mano y carretera Andalucía abajo había llegado hasta Córdoba, durmiendo en las cunetas, hasta que el cacharro no dio más de sí y le dejó tirado en Puertollano al regreso.
Yo le estimaba, era una persona noble, de buen corazón, a la que la vida le había jugado una mala pasada y no había tenido posibilidad de levantar cabeza.
Las malas amistades le llevaron a la cárcel por un delito estúpido, de gente sin recursos, por robar cobre en una obra.
Después dejé de cruzarme con él un buen día, hace al menos 3 años. La última imagen que tengo de él es subiendo a un tren en Atocha, destino Aranjuez. Eran las 9 de la mañana, yo bajaba de ese mismo tren y el codazo de un amigo mío me delató su presencia. Tenía la mirada perdida, el gesto triste y abandonado. No le saludé, por las prisas de la mañana, porque no sabía que decirle, porque a veces solo damos importancia a un gesto cuando ya es demasiado tarde.


Ayer me llamó otro buen amigo, Dani. Está en Barcelona trabajando y me sorprendió ver su nombre en la pantalla del móvil:
- ¿Qué tal, figura? ¿Te mola Barcelona?
- Oye, Javi, ¿sabes quien se ha suicidado?
- ¿Quién?
- Jacobo, el del Hoyo. Se tiró el otro día a las vías del tren en Ciempozuelos. Como eras su coleguita, he dicho… voy a llamarle por si no lo sabe…

Ciertamente no lo sabía, esa es la verdad, y se lo conté a todos los que le conocían gracias a mí. Estaba loco, era de esperar, quien mal anda mal acaba…
Supongo que nadie en su barrio pensará ya en él, ni su padre sentirá el dolor profundo que puede sentir un buen padre. Su supuesta abuela habrá muerto hace ya mucho tiempo, el hijo natural de ésta, un yonki que se gastaba en caballo el dinero de la comida, quién sabe donde andará.
Era un alma solitaria mi amigo Jacobo, una persona inadaptada, un salvaje perdido en la selva de la civilización.
Y yo me pregunto: ¿Quién es más salvaje en este asqueroso mundo? ¿Qué hacemos mal para que muchos seres humanos no quieran seguir viviendo? ¿Qué pasó por tu cabeza, Jacobo, para matarte de ese modo tan horrible? ¿Tan imposible viste el mundo para renunciar a la vida y al futuro?
No fuiste nadie jamás, todos te despreciaban y se apartaban de ti. Ningún ser te dio una oportunidad, jamás tuviste novia ni saliste con amigos por las noches. Todos somos culpables de tu muerte, ya descansas, compañero, y aunque sirva para poco, pues ya estás muerto y no podrás leer las cosas que pienso de ti, al menos, quiero que sepas ahora que estás en el Cielo, que yo siempre guardaré dentro de mi corazón un buen recuerdo tuyo, que no solo despertaste desprecio y rechazo en esta vida, por ello siempre estarás aquí.
Siempre te tuve cariño, aunque me tiraras mil veces haciendo llaves de judo, aunque me vacilaras en Educación Física o me embistieras demasiado fuerte en los coches de choque del ferial.


Que Dios te tenga en su Gloria eterna, Jacobo. Descansa en paz, amigo mío.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Que palabras más sentidas y profundas! ¡Que lección de humanidad nos recuerdas en este atropellado mundo que hoy vivimos...! Se escapa nuestras vidas como un puñado de agua entre nuestras manos y no reparamos en lo que se marcha.
Todos hemos tenido en nuestras vidas un Jacobo, y hemos vivido situaciones semejantes en otras épocas.
Felicidades, Viriato, buena pluma. Me recuerda a alguien muy querido.