domingo, 9 de noviembre de 2008

Don Quijote de la Mancha

No sé porque escribo este tema, porque seguramente a nadie le interesen mis lecturas, pero hace unos días que terminé de leer la segunda parte del Quijote y ahora me siento solo... Me acompañaba en el tren, en mis viajes a la capital, el peso de sus hojas con su encuadernación de cuero me hacían sentirme especial, la gente me miraba extrañada al descubrir el título en sus pastas, pero a mi me llenaba de orgullo tener una joya así entre mis manos.

Dejaba pasar estaciones sin levantar la vista del libro, llenándo mi cabeza de castellano antiguo, sonoro, cargado de color y de matices. Me volvieron a sorprender los refranes de Sancho, la cortesía que las personas, hasta de la más humilde condición, gastaba en el Siglo de Oro al presentarse o al dialogar con desconocidos, la riqueza en los diálogos y la estructura, a veces enrevesada, de las frases.
En ocasiones, cuando iba acompañado de un amigo en el tren, le contaba historias del Quijote, los juicios de Sancho en su Ínsula Barataria, la aventura de los leones... La gente que se sentaba a nuestro lado me escuchaba curiosa, y en sus rostros se dibujaban sonrisas o admiración por lo sorprendente e ingenioso de las pequeñas historias que se esconden en esta magnífica obra. Sé que se quedaban con ganas de saber más, y podrían hacerlo, pero el nombre de la novela espanta, su grosor, su vocabulario de otro mundo, etc.
A mi me sucedía lo mismo hasta que decidí romper mis reparos hacia el Quijote, desgraciadamente fue demasiado temprano, a la pronta edad de 14 años. El Quijote aburre, y se abandona con facilidad cuando no se tiene la cabeza bien amueblada, pero en mi segunda intentona lo leí con amenidad y con gusto, en ésta última, con pasión y abstracción absoluta. He madurado, me he hecho un hombre, ahora lo sé, y no me he dado cuenta al votar en unas elecciones ni al sacarme el carnet de conducir, sino al leer la obra cumbre cervantina, al desear fervientemente que sus páginas nunca terminasen, que los viajes a Madrid se hiciesen eternos, que Cervantes siguiese vivo para resucitar a su personaje, aunque deje bien claro en el prólogo de la segunda parte que lo mata bien muerto para que nadie se atreva a continuar sus aventuras y sus andanzas.
Ahora le echo de menos, un compañero de viaje murió la semana pasada y no he encontrado consuelo aún.
Me zambullo en otras páginas, en otro castellano más contemporáneo y no experimento la misma compañía que con el Caballero de la Mancha.
Ahora cuando el sueño aprieta en el tren, me duermo sin reparo, sin el sentimiento de dejar una hermosa historia a medias o sin final.

1 comentario:

Belén dijo...

Creo el sentimiento de leer El Quijote cuando aún no se tiene la cabeza bien amuablada, como dice Vd., es común a todos los que nos vimos obligados a leer una novela de grosor tan admirable y no por entregas, precisamente. Quizá, si no nos hubiéramos visto obligados a leerlo para aprobar un examen, la lectura hubiera resultado tan grata entonces como cuando se relee unos años, o lustros, después.

He descubierto este blog hace escasos 15 minutos y, por ahora, me ha gustado. Así que gracias al autor por tomarse la molestia de escribirlo.

Un abrazo.