viernes, 5 de diciembre de 2008

Triste Navidad

La luz blanca del mediodía cae contundente sobre la calle Goya madrileña, sobre la milla de oro de la capital. Gente cargada de bolsas con marcas caras, se protege la vista con gafas Loewe, Dolce Gabbana, Rayban. El día es luminoso, como si fuese Abril. Todo invita a pasear tranquilo contemplando las bellas fachadas del Barrio de Salamanca, se echa de menos una mano amante de la que colgar la propia. Caminar acompañado de la persona querida nos hace sentir más grandes, más fuertes y lo que ven nuestros ojos se hace más bello si se contempla con otro par de iris azulados esclavos de los nuestros. En un banco junto a Velazquez descansa un anciano con melenas de nazareno, como le decía La Lunares a Max Estrella en la genial obra de Valle-Inclán. Viste un abrigo raído y junto a él, sucia y desgastada, duerme una maleta de las de antes, con cordel cerrando sus labios de cuero. Los ojos del viejo, enrojecidos ya sea por el vino, o por el trasiego continuo de personas indiferentes, se ven entornados, cansados y antiguos. Nadie repara en su presencia, en el bulto que debiera hacernos pensar en las injusticias que nos rodean. En la época de la burbuja inmobiliaria y de los sueños de BMWs y campos de golf, este hombre yace medio dormido esperando que la Señora de Negro venga a buscarle. Reparo en él cuando una dama de alto abolengo dice a su amiga que el hombre huele a orín y se tapa la nariz con gesto de asco profundo. Reparo en él por un comentario, porque yo soy igual, soy uno más de la sociedad española, de esos que solamente piensan en su persona y en su propio bienestar. Tomando café en un bar, le veo por la puerta, sin mover un músculo, sin abrir apenas los ojos. A veces la compasión y el remordimiento vencen una batalla a nuestra conciencia dormida, embriagada de dinero, de ropa buena y de cenas copiosas. A veces, solo a veces, siento la necesidad de mirar a mi alrededor: he salido a la calle y le he preguntado a Max Estrella si estaba bien, si quería tomar un café. Me ha agradecido el gesto, y yo avergonzado, al rato, he vuelto al banco con el caldo negro y se lo he ofrecido.
-Muchas gracias, caballero- me ha dicho con los labios marchitos tapados por la barba entrecana - Yo nací aquí al lado, en General Pardiñas. ¿Sabe usted donde está? Conozco toda España y casi toda Portugal. Recuerdo cuando se proclamó la 2º República, en el 31, y ahora cuento con casi 85 años. Otra cosa no tendré, pero memoria...
-¿Y la guerra?
-La guerra la pasé con unos 11 años, tenía 15 cuando terminó.
No he querido echar cuentas, no sé si será verdad su edad ni si encajan las fechas como en un rompecabezas. Me es indiferente. Le he dicho que soy de Aranjuez, y me ha recordado los espárragos y las fresas.
-Hay una gran obra que he escuchado muchas veces. ¿Sabe cual es? El Concierto de Aranjuez.
-Del maestro Rodrigo- le he dicho yo.
-Exactamente. Aranjuez es uno de los pueblos más nombrados de Madrid.
-Ya no es lo que era.
-Los tiempos cambian - ha sentenciado. - ¿Tiene usted hora?
-Las 11 y 10.
-Es que espero a un amigo y ya tarda.
Me he despedido de él y he vuelto a la cafetería con mis compañeros. -¡Mírale! Está pensando como encajarlo en una novela - ha dicho mi amigo. En verdad no estaba pensando en novelas ni en paparruchas. Estaba pensando en el viejo, en la vida que llevaba a sus espaldas, en que había nacido en un barrio rico de Madrid y ahora deshojaba los últimos pétalos de su margarita existencial sentado en un banco de hierro forjado. ¿Cómo había terminado así? ¿A quien esperaba? Tal vez a la muerte, tal vez. Le he dicho que venía el frío y si tenía albergue y se ha reído. Seguro que esperaba su final, no para este Diciembre inusualmente cálido, pues ha presumido de haber pasado en la calle heladas y granizos, pero la edad no perdona, y estas Navidades serán crueles para este señor y para sus semejantes. Estas Navidades de Play Stations, langostinos y colonias de Calvin Klein, muchas personas las pasarán a la interperie y su regalo de Reyes será seguir malviviendo. -Tu con tu teoría de que en la marginalidad está la belleza. Eres un kinki. - he escuchado a mi amigo desde mi ensoñación. -Y tú un gilipollas. Yo solo digo que esa persona de ahí fuera podría contarnos mil cosas, solamente necesita un poco de atención y un minuto de nuestra ajetreada vida. Si no entiendes eso es que eres un insensible. En España, país miserable donde los haya, país de la picaresca, del timo y la bohemia, donde hemos malvivido desde los Reyes Católicos, en cuanto hemos conseguido algo de nivel de vida y una sociedad de bienestar nos creemos la ostia y no reparamos en los demás. En España sobra mucha Isabel Pantoja y mucho Pipi Estrada, pero falta compasión y caridad, lo que ahora se llama Solidaridad para no identificarlo con un valor puramente cristiano. - Que sí, que lo que tú digas. Parece mentira que tú siendo de derechas te pares con esa gente. - Y tú que siendo de izquierdas seas un fascista. - No te piques, Javi, que es de broma. Me he dado cuenta que las ideologías no son lo importante, sino los pequeños detalles que nos ofrece el día a día, y me he puesto a escribir. No para ensalzar mi persona por este gesto insignificante, porque soy un miserable, sino por poner mi conciencia en paz y ofrecer un homenaje a personas olvidadas que despreciamos cuando hablamos de ideas grandilocuentes y de política faraónica. Si todos nacemos iguales y morimos iguales, deberíamos vivir igual, al menos con dignidad suficiente. Y esta es una teoría tan antigua como universal, aunque yo me quedo como máximo exponente de la misma con los versos de Jorge Manrique:



Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
ómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos y
más chicos,
y llegados,son iguales los
que viven por sus manos
y los ricos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno Javi, no sé, si la historia es real, aunque seguramente lo sea. Pero el realismo que trasmites es increible.

Un beso. Mária.

Anónimo dijo...

Kerido amigo, estoy leyendo "Triste Navidad" y me he sentido identificada contigo. El dia 24 noche" de noche buena" he salido despues de cenar a tirarlas bolsas de basura rebosando de comida consumida, me encontré alguien revolviendo en los contenedores, con tan mala suerte para él ( pues no erán ni las 22horas) no habia casi basura en los contenedores.Yo al verlo me kedé mirando sin saber ke hacer,pensando ke si le hablaba igual podía pasarme algo;y a la vez esa batalla con la conciencia de la ke tu tambien hablas me hizo acercarme a el y preguntar ¿ ke hacia, no tienes para comer??? me dijo NO. Hasta ese momento estuve entera pero, al final me aleje llorando , no sin antes decirle " te traigo algo, esperame" al momento volví con una bolsa y algo de dinero ke me dierón en casa para él. con GRACIAS,GRACIAS se alejó. Mi comentario no es ni más ni menos para ke veamos como está una parte de España. Kien no conoce casos a sí... Flor de Jara.