lunes, 2 de febrero de 2009

Madrid

Me escurro por tus venas de hormigón, por tus entrañas huecas, llenas de microbios como yo. Subo y bajo, escucho conversaciones, idiomas diferentes, músicas de todos los rincones del mundo.
Me fijo en las personas, en el color de su piel, en sus ropas, sombreros, velos, pendientes, calzados. Todo el mundo tiene prisa, sin saber bien donde va.
Quizás conozcan su destino de hoy, incluso el de mañana, pero… ¡Tantos seres hemos caminado por estos pasadizos durante tanto tiempo! Algunos han muerto ya, otros se han hecho ricos, quizás alguno ya no viva en Madrid, o lo haga de mala manera en alguna acera cubierto por un cartón.
Salgo a la luz del día, a los aires espesos y contaminados de gasoil. El cielo, ese que dicen que es especial en la capital de España, luce triste, plomizo, cargado de decepciones y desesperanzas, de ilusiones rotas y sueños quebrados.
La gente pasa sin rozarme, alguien canta un rap en inglés mientras bebe una lata de cerveza. A mi izquierda la Gran Vía ruge de tráfico intenso, autobuses rojos, taxis blancos, camiones de reparto.
Las tiendas están llenas, nunca descansan, chicas esbeltas y vestidas provocativamente se lucen delante de esos espejos con modelitos ceñidos a su cuerpo. Seguro que conquistarán a alguien gracias a esa camiseta con escote kilométrico. Quien sabe si será bueno, o quizás algún vivales que las tome por tontas y prefiera pasar las noches cantando a la luna llena, llena de alcohol y de fiesta.
En la puerta de Telefónica duerme un mendigo tumbado de mala manera, me fijo mejor y no está solo, abraza a su compañera o novia sin velo, arras ni vestido radiante.
El paso de cebra me invita a cruzar y miro los carteles de los grandes cines, las sonrisas de las estrellas de Hollywood. Todo va bien, venid a vernos y seréis felices, o al menos soñaréis con serlo. Solo nos queda soñar, esperar, sufrir sin conseguir.
El paso de cebra canta como los gorriones pardos que comen pan en mi terraza. Mi madre suele invitarlos a tan modesto menú.
La gente avanza decidida al otro lado de la calle, como Caronte en su barquichuela, quien sabe si hacia la muerte segura y próxima.
Después casi sin darme cuenta llego a Montera, policías de paisano arrinconan a un moro alto y fuerte contra una pared. El tipo se ríe, parece tranquilo. Las prostitutas se apoyan en portales y paredes con gesto tunante y mirada perdida. Algunas fuman, otras charlas, las más de ellas lloran por dentro por su maldita suerte.
Por fin llego a Sol, al centro de España, a la plaza más famosa de esta agonizante ciudad. Carteles de Compro Oro, gentuza apoyada en los arbolitos imitando al oso que trepa al madroño unos metros más allá.
Más música, esta vez son rancheras. Un mariachi se hace fotos al lado de una turista rubia con sonrisa amplia y agradecida. Su marido la retrata con una cámara digital.
Más allá un hombre sujeta una biblia con fuerza y predica sin que nadie le haga caso.
¡Arrepentíos! Dice con mirada estrábica y el pelo alborotado. ¡Arrepentíos!

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