sábado, 25 de julio de 2009

Capote y Montera I

Como sé que nadie jamás me publicará uno de mis libros, he decidido copiar en mi blog algunos extractos de uno de ellos que como siempre, duerme en un cajón sin concluir.
Espero que les guste:

Me había despistado un momento y ya no pude encontrarlos. Ni siquiera tenía el móvil encima para llamar a nadie. Recordé la época en que vivíamos felices sin móviles mientras llegaba a la altura del oso de la Puerta del Sol. Antes, sin estos cacharros del infierno, nos acercábamos a las cabinas telefónicas y llamábamos a casa de los amigos. Si estaban en casa, se podía quedar con ellos en algún lugar, tal como aquel en el que me encontraba. Si por el contrario el amigo no estaba, se daban los saludos y parabienes de rigor a sus padres y se repetía operación con algún otro coleguita.
Ahora nadie conocía más de dos o tres móviles de memoria. Aquella noche, en aquellos momentos y en aquel estado de embriaguez era incapaz de recordar el de Carlos, quien sabe si el de Violeta.
Aunque tardaran aún un par de horas en volver, pensé que lo más lógico era acercarme al coche. Me dirigí al parking donde Carlos había aparcado. Era una buena pateada caminar desde Sol a Tribunal, pero a aquellas horas el Metro no funcionaba y mi economía no estaba para permitirme lujos como coger un taxi.
La Luna en el cielo rielaba, como en el poema de Espronceda y me apoyé un minuto en la base de la estatua del oso y el madroño que da sentido al escudo de Madrid. Sol estaba prácticamente desierto, algunos chinos vendían sobre cajas de cartón bocadillos, tabaco y latas de refrescos a los viandantes y juerguistas que emanaban de la zona de Huertas, de sus bares de copas.
De allí precisamente venía yo, del gentío de sus aceras, del movimiento mágico de las caderas de las mujeres que se magrean sin tregua en los estrechos garitos donde suenan los ritmos más enlatados y el pachangeo más actual.
Mis amigos me habían concedido el capricho de ir al España Cañí, un pequeño antro de la plaza de Santa Ana donde los guiris se hinchan a beber un sucedáneo espantoso de sangría o calimocho. A mí me atraía de aquel lugar, sobre todo la música. Nunca sonaban de seguidos más de dos o tres temas que desconociese, siempre brotaban de los cascados bafles del local las voces conocidas y amigas de los Chunguitos, de los Calis, Melendi, Delinquentes o de Manolo Escobar. Me daban toda la vida.
Recordaba con cariño una noche en la cual Carlos y yo conocimos a dos estudiantes americanas. Como no, mi ingles era altamente ilegible y más a aquellas horas de la noche, pero mi amigo Carlos, que era de buena familia, había aprendido el idioma de Oscar Wilde de manera correcta, gracias, entre otras cosas, a sus vacaciones en Norteamérica o sus viajes a Londres cuando contaba con 15 o 16 años.
Yo aquella noche quería reírme de las guiris y a todas las que veía les decía que era torero.
- I´m bullfighter, baby –decía con acento vallecano.
Todas me miraban mal y me daban la espalda, como al borracho apestoso que era, pero en una de estas ocasiones alguien me cogió del hombro y al volverme logré centrar la mirada en unos ojos azules antes de desviarla goloso a unas tetas de tamaño descomunal.
- Dice mi amiga que si tú torero – me hablaron aquellos pechos con una voz de marcado acento americano.
- Yes, I´m bullfighter – repetí dándome cuenta de que quien hablaba no era uno de aquellos pezones, sino una chiquilla preciosa pero más discreta que acompañaba a la dueña de los calostros. La tetuda comenzó a hablarme en inglés a todo meter. No entendía lo que me decía, pero mi amigo Carlos, que siempre estaba al quite, nunca mejor dicho hablando de toreo, me salvó de aquella embestida y acabamos bailando con la tetona y la otra muchacha de curvas más disimuladas, pero que sabía español divinamente.
Continuará...

3 comentarios:

Alberto dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Recuerdo haber escuchado a algún astuto borracho, cubata en mano, "I´m bullfighter" por aquellos lares del palacete del señor Gaviria del siglo XIX, cerca de nuestro majestuoso Palacio Real. Sitio desde donde se pude observar placenteramente la Casa de Campo de Madrid, para otros, The Country House.
Te recomiendo la lectura de un blog que acaba de nacer y que, como el tuyo, no dejará a nadie indiferente.

http://picandoalto84.blogspot.com/

Un abrazo amigo,

VIRIATO dijo...

Pensaba que sería una historia anónima o un bulo popular, pero todo podría ser.
Espero, querido anónimo, que el blog del que hablas salga adelante, pues está en la línea de lo que debe ser y pensar un español decente como Doña Eva.
Lo enlazo al mío sin falta.
Un abrazo