sábado, 21 de noviembre de 2009

Zapatero Veloz


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Tengo un tractor amarillo,
que es lo que se lleva ahora.
Tengo un tractor amarillo,
que es la última moda.



Así decía el pegadizo estribillo que cantaban los “Zapato Veloz” en su exitazo del año 1991.
La verdad es que nunca se ha llevado eso del tractor, y menos casi 20 años después.
Esta mañana, por desgracia me tocaba hacer guardia y el despertador no ha sonado. Me he vestido a todo correr y he enfilado la carretera de Andalucía sentido Madrid.
Había muchísimos autobuses, más que otras veces, y casi todos eran de Ciudad Real, de Córdoba, Jaén, La Mancha… He sintonizado esRadio y han dado la noticia de que hoy los agricultores se manifiestan en Madrid contra el Gobierno de Zapatero, que los tiene abandonados, que no les da dinero, que se ahogan lentamente sin remedio.
Y es que Zapatero, aún siendo de Castilla León, nunca ha sido de campo, ha preferido siempre el coche oficial al modesto descapotable tractoril que defendían los Zapato Veloz.
Es curioso como todo ser de ciudad, ve el campo como una utopía, algo maravilloso, un remanso de paz sin tráfico, el gallo despertándote con su potente voz por las mañanas, los tomates y lechugas frescas en la mesa que saben a lo que son y no a cámara frigorífica, etc.
El campo es otra cosa y yo lo sé bien. Mi abuelo tenía, como casi todos los abuelos del siglo XX que vivieron en La Mancha, un terreno donde plantaba sus cosas, peazo lo llamaban ellos. Allí cultivaba sus patatas, sus hortalizas, sus árboles frutales… Todo estaba riquísimo, como no podía ser de otra forma, pero mi abuelo y sus vecinos se levantaban muy temprano para arañar a la dura tierra castellana el fruto de su sudor. Gente dura, hombres que fumaban picadillo de tabaco y se sentaban con su boinas en un poyete de cemento a ver morir el día mientras la fuente del pueblo borboteaba en el centro de la austera plaza. Yo me reclinaba en la baranda verde del mirador viendo abajo los cultivos de cebada, el molino de viento ya en desuso y allá a lo lejos los montes llenos de encinares por donde mi abuelo decía que había jabalíes y zorros. Era peligroso ir hasta allí, aunque él los había recorrido y se los sabía de memoria, incluso se había arriesgado más de una vez por conseguir manzanilla, que crece entre las peñas y los riscos. Esa era la Villaseca de Henares de mi querida madre y de sus padres, mis abuelos Felipe y Agustina.
Por cierto, mi abuelo también luchó con los republicanos, pero a su hermano le reclutaron los nacionales. Cosas de las guerras civiles, que en todos sitios cuecen habas y no solo el abuelo de Zapatero es un héroe nacional, creo que mi abuelo está también a la altura aunque no le fusilaran los de Franco. Una vez le rozó una bala y llevaba en el brazo un tatuaje ya desteñido con una ametralladora en la que se podía adivinar la palabra Melilla, que es donde hizo la mili.
Todo esto me venía a la cabeza mientras adelantaba autobuses por la Nacional Cuarta, mi abuelo Felipe, sus gestos lentos y su parco hablar.
El campo se muere y no nos queremos dar cuenta. Solo los que viven de él y luchan por sobrevivir como antaño saben lo que se juegan. Lo más lamentable es que están solos en esta lucha que debiera ser de todos. Ni partidos políticos ni sindicatos apoyan a estos autónomos que ven como el precio de la cebada es el mismo de hace 35 años, como los productos que ellos cultivan con mimo y dedicación multiplican su valor en los estantes de las tiendas. El beneficio es para los intermediarios y distribuidores, para unos pocos espabilados, mientras ellos viven con un margen de beneficio ínfimo.
Como dicen muchos, tanto trabajo ya no me vale la pena. ¿Para qué? Los costes de producción en abonos, en riego, en diesel para la maquinaria se disparan mientras los precios de los productos obtenidos son de risa, o de pena.
Mientras en Francia el presidente Sarkozy considera el campo como un sector estratégico al que ha impulsado con una ayuda de 1650 millones de euros, aquí Zapatero y la ministra del ramo, una tal Espinosa, se carcajean en la cara de esta pobre gente mientras despilfarran ayudas para otros sectores como el financiero, al fin y al cabo los bancos y sobre todo las cajas son el verdadero alimento de estos indeseables, nueva aristocracia de esta España que se muere por momentos, como su campo, que para algo ha sido el alma de nuestra nación durante tantos siglos.
Y en esas estamos, queridos lectores, todos bien amolaos, como decía mi abuelo.
A Zapatero, a su ministra Espinosa y a los gordos sindicalistas que poca lechuga y patatas comen y si buenos corderos les pegan más otras cosas que el tractor y la boina. Parece que Zapato Veloz les hubiera dedicado la cuarta estrofa de su Megahit:

Moza fina y de buena familia
tú prefieres un chico de carrera
que tenga un automóvil extranjero,
buena paga y un chalet en las afueras.
P.D. – Dedicado a mi abuelo Felipe y a todos aquellos que aman y defienden el campo español.

1 comentario:

D45 dijo...

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