Ayer por la mañana, tuve que recorrer Madrid a una hora a la cual no estaba habituado. Mi empresa requería que hiciera una entrevista para un posible cliente y como donde hay patrón, no manda marinero, recorrí desde Atocha 2 líneas de Metro y una de autobús hasta llegar a mi destino.Es muy agradable utilizar el Metro de Madrid en esta época de crisis. Apenas se sufren agobios ni apreturas en los vagones.
Iba pensando en Zapatero y en el bochornoso espectáculo que dio en TVE mientras me aferraba a una baranda del suburbano.
En como nos toma por imbéciles, por retrasados mentales, y a los verdaderos retrasados mentales, los utiliza como arma política y como herramienta para mejorar su imagen.
Según él no negó la crisis, aunque durante meses hiciese como San Pedro, pero en su caso bastante más de tres veces.
Tampoco se quedó sentado ante la bandera americana, aunque existan fotos que lo atestiguan. Según él esa bandera no representaba a EEUU, país que respeta muchísimo, sino a un ejército que luchaba junto a las tropas españolas en Irak y por ello tuvo que escenificar ese desplante que al pueblo americano le dolió en el alma. Las consecuencias de aquella patochada las pagó Madrid 2012 y las seguimos pagando a día de hoy.
Tampoco prometió el pleno empleo el inquilino de la Moncloa, se ve que los carteles de la campaña electoral eran de broma y no hay que tomarse a pecho lo que nuestros polític
os prometen en sus exaltados discursos.Lo de utilizar a una niña retrasada en beneficio propio fue la gota que colmó el vaso, fueron la ruindad y la bajeza personificadas. Así nos luce el pelo con este personaje de cartón piedra y de cara cementil.
Esas eran mis cavilaciones mientras subía las escaleras mecánicas del intercambiador de Avenida de América y así pensaba plasmarlas en mi blog.
Pero cada paso que daba era peor, más inseguro. Un sudamericano me pedía dinero para el autobús, un árabe cantaba en un rincón, una vieja española y con una muleta me asaltó mientras descansaba en una cafetería y tuve que darle unas monedas.
En el metro camino de Plaza de Castilla otra anciana rumana mendigaba con una cajita de chicles como monedero improvisado.
Al salir a la luz del día otra señora pedía en las escalinatas del metro con un cartel que anunciaba sus desgracias, en este caso un problema de bronquios y no se que más. No quise seguir
leyéndolo, solo me limité a aflojar otros 20 céntimos.En total por culpa del viajecito se me fueron un par de euros en limosnas y cuando estaba apunto de llegar a la oficina mi ánimo estaba francamente tocado, tocado y hundido.
¿Por qué el Estado no se encarga de estas personas? ¿También Zapatero piensa en ellas cuando se va a la cama? ¿Por qué las tenemos que mantener los ciudadanos a base de limosnas? ¿Estas personas pueden enviarle también el currículum a nuestro ZP para que les coloque como hizo la niña deficiente ante las cámaras de TVE? ¿Y los otros 5999 ciudadanos que se quedan sin trabajo cada día?
Pensé en el siglo de Oro, cuando la mendicidad era una forma de vivir y el ser piadoso una obligación. Cuando la limosna no se pedía, sino que se exigía y en Madrid vivían miles de tullidos, de antiguos soldados de los tercios, de niños sin hogar, golfos, truhanes, matachines, bolsilleros, timadores.
¿Podría pasar que el Madrid actual se estuviera convirtiendo poco a poco en una ciudad de hace varios siglos y sus ciudadanos en personajes de autos de fe y teatro calderoniano?
Todo puede ser. Tiempo al tiempo. La picaresca renace con más fuerza en épocas de necesidad y penurias y España es su patria natural, su nido primigenio.
Llegué a la oficina pensando estas cosas. Me recibió mi jefe y me preguntó por la entrevista y por el estado del proyecto que acabábamos de cerrar.
Me dijo que aunque era un buen profesional, la empresa no tenía más proyectos y que prescindían de mí. Me quedaba en el paro.
Pensé en los mendigos, en el dinero que les había dado, en si ellos quizás alguna vez trabajaron como yo. Pensé en Valle Inclán, en Luces de Bohemia, ¡lo que cambia la vida de la noche a la mañana!:
MAX: ¡Esta tarde tuve que empeñar la capa, y esta noche te convido a cenar! ¡A cenar con el rubio Champaña, Rubén!
RUBÉN: ¡Admirable! Como Martín de Tours, partes conmigo la capa, trasmudada en cena. ¡Admirable!

Firmé el finiquito y me escurrí por Preciados hasta la Puerta del Sol. Hacía frío, me acurruqué en el abrigo y cerré los ojos. Palabras de la gente, mimos congelados como estatuas de sal reviviendo gracias al tintineo de una moneda.
Ya nada era lo mismo, yo no era el mismo, Madrid se abría ante mí más triste y desgarrado. Que Dios me ayude. Que nos ayude a todos, pensé.

















