lunes, 20 de septiembre de 2010

La soledad del averno

No todo en la vida es política, sino reflexión en voz baja, impresiones puestas en limpio que brotan de conversaciones profundas, o de meditaciones solitarias mientras pegas la cabeza a un asiento de tren o te asomas a la pantalla de un ordenador.
Una pensadora, no recuerdo su nombre, creo que era italiana, de allá por la Toscana, dijo una vez muy bajito:
“Si cada uno de nosotros utilizásemos las inquietudes para conseguir nuestros objetivos, la vida sería diferente”.
Y yo me pregunto leyendo y releyendo esa frase, si la vida debe estar enclaustrada entre las normas clásicas de nuestra cultura, de nuestras creencias religiosas o de nuestra moral heredada de padres, abuelos y ancestros.
Amamos la libertad, o eso queremos creer, pero si fumamos somos esclavos de un hierbajo, si somos del Madrid, nos morimos por ver el resultado del partido si estamos en el extranjero…
Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, que vivan según lo que está bien y lo que está mal. Pero… ¿y su libertad?
A las personas arruinadas, que mendigan por la calle, o que se tambalean borrachas por las esquinas las definimos la más de las veces gentuza, desharrapados, o si somos de izquierdas “desheredados”. Creo que en México tienen un precioso vocablo para los más pobres: rotos.
¿Por qué sentimos asco de esta gente? ¿No son más libres que nosotros? En cierto sentido sí, son libres para romper las reglas del juego, partir la baraja, divertirse hasta prostituir la legalidad, el tope de dos copitas o de vestir bien y afeitarse a diario. Lo malo, es que esa libertad no es autoimpuesta, sino una desgracia en sí misma y muchos quisieran los grillos que encadenan a la sociedad esclava solo por vivir bajo un techo, por no pasar frío o por no tener que pedir a gente extraña una limosna para poder comer.
No sujetos a Dios porque no pueden soñarlo, ni a la estricta disciplina de unos padres que ya se olvidaron de ellos hace años, por desidia o por buenismo, o quizás por hartazgo son libres para elegir, elegir destrozar la vida y los cánones que la miden. Y la libertad a la hora de autodestruirse es la peor de las esclavitudes. La esclavitud a la puerca vida.
Ellos son indiferentes. ¿En qué se convierte un hombre sin reglas, sin testigos incómodos y sin moral? ¿En diablo? Quizás desde la óptica cristiana…
Pero pensemos por un instante en si todas las reglas miden el bien y el mal, el deber y la devoción, la virtud y el pecado.
Pensemos en si reside el mal en el acto de descalzarse en un vagón de tren y el bien en hacerlo en casa, en rascarse la entrepierna en público (mal) o antes de ducharse (bien), en comer pollo con los dedos según sea en el hogar solitario o en el Palace de Madrid.
El otro día en la televisión emitieron un reportaje que decía que el mismo menú que los millonarios comen en el Palace, Ritz y otros hoteles de lujo de la capital, también es repartido ciertos días por semana en albergues para pobres.
Yo me reía. Preferiría mil veces comer la sabrosa costilla o muslo de carne con los dedos entre gente pobre del albergue a hacerlo con 14 tenedores y 16 cuchillos en el encorsetado salón comedor del Palace.
Yo, que tras salir de una boda católica, vestido de traje, no he dudado en invitar a cervezas a un moro que mendigaba en chándal roído, no creo que tenga nada de malo romper ciertas reglas que nos hacen peores personas en vez de engrandecernos.
Jesús hubiera hecho lo mismo, estoy seguro de ello.
Por ello, dicen que los diablos no siempre usan cuernos, pero tampoco sabemos si llevan siempre tenedor o comen alguna vez con las manos en la soledad del averno.

1 comentario:

Eva dijo...

Excelente reflexión, amigo Viriato.

Efectivamente, la libertad va más allá de la política, aunque tiene mucho que ver con ella. Cuesta mucho esfuerzo no ser esclavo de ideas establecidas y crear opiniones firmes acerca de temas complejos. Esa es una libertad de la que no todos disfrutan. También podemos convertirnos en esclavos de la telebasura o de un simple paquete de tabaco, pero tenemos libertad para apagar la tele y coger un buen libro ó escuchar una buena tertulia, ó para dejar de fumar porque ya no aguantamos nuestras toses mañaneras, y no porque un político nos descubra que el tabaco mata.

Un abrazo fuerte.