Hacía tiempo que quería escribir sobre este tema que me indigna profundamente, pero no había encontrado motivación para hacerlo ni palabras para expresarme.
Las noticias de los telediarios de este duro y frio mes de Enero están plagadas de imágenes de una catástrofe natural de magnitudes espectaculares: el terremoto de Haití. Pero ayer viendo las noticias lo que me conmovió sobremanera fue ver a la madre de Sandra Palo llorando desgarradoramente porque al asesino de su niña le habían juzgado de nuevo y puesto de patitas en la calle en menos de dos días.
No voy a traer a este blog ni datos ni cifras de delitos cometidos por menores, creo que están de más.
Hace ya un año que desapareció Marta del Castillo, asesinada por otro grupo de adolescentes desalmados. Dos de ellos, los dos menores colaboradores de Miguel Carcaño, ya están en sus casas, o en pisos tutelados jugando a la Play y fumando porros.
Ese es también el caso de El Rafita, el asesino de Sandra Palo. Este delincuente, teniendo 14 años violó, atropelló y quemo viva a la pobre niña y está en la calle desde hace años.

Lo lamentable del asunto es que ahora tiene 22 y por muchos delitos que siga cometiendo aun estando tutelado, se le suelta en unas horas. El otro día robó un coche y hoy ya estaba siendo entrevistado en Telecinco, la cadena de televisión más grosera, rastrera y sensacionalista de España.
La entrevista no ha tenido desperdicio y por lo visto la periodista ha tratado al delincuente con un cariño y una comprensión digna de la Madre Teresa de Calcuta.
Ahí quedan las madres y demás familias de las víctimas, en las puertas de los juzgados clamando justicia y llorando a moco tendido porque algo falla en España, en el Estado de Derecho.
La progresía y la izquierda poco a poco han ido minando el Código Penal y España es el país del mundo más amable y considerado con los que violan la Ley. Nadie quiere hablar de la cadena perpetua, nadie quiere debatir la Ley del Menor que considera a los jóvenes delincuentes víctimas en vez de verdugos. Al menos nadie desde la casta política, salvo honrosas excepciones, pues recuerdo que este verano en Valencia, bajo un sol de justicia, vi una mujer con una carpeta en la mano con la imagen de Marta del Castillo.
La buena señora pedía firmas para conseguir que a los pederastas, asesinos y terroristas se les juzgara como lo que son: criminales peligrosos y no reinsertables. Pedía para estos delitos la cadena perpetua. Nadie de mi alrededor se negó a firmar la hoja que portaba la señora. Una vez más comprobé como la España real se aleja cada día más de la España oficial y oficiosa.
Nadie vota estatutos, nadie Constituciones europeas, a nadie le importa un bledo la Alianza de Civilizaciones, pero
todo el mundo, todo español con o sin estudios, en paro o con empleo, ante estas injusticias y desgracias que le pueden pasar a cualquiera, ante la impunidad de los crimines y la libertad de los maleantes reacciona de igual manera. Con indignación y echándose las manos a la cabeza.
todo el mundo, todo español con o sin estudios, en paro o con empleo, ante estas injusticias y desgracias que le pueden pasar a cualquiera, ante la impunidad de los crimines y la libertad de los maleantes reacciona de igual manera. Con indignación y echándose las manos a la cabeza.
La reinserción no funciona, los reformatorios de menores son una fábrica de delincuentes que en cuanto salgan del centro volverán a robar, a trapichear con drogas o a asesinar si llega el caso.
La reducción de condena es injusta, la libertad vigilada un camelo ineficiente, las cárceles hoteles de 5 estrellas con gimnasio y Canal+.
¿Qué criminal tiene miedo al Código Penal español? ¿Qué está fallando para que los telediarios estén llenos de detenciones de pandilleros y aluniceros con más de una veintena de antecedentes a sus espaldas? ¿Para qué sirve la gran labor policial si los jueces dejan en libertad a tanto mal bicho y sabandija una y otra vez?

Está claro que el endurecimiento de las condenas, la reforma de la Ley del Menor y la cadena perpetua son debates que deben darse ya en nuestra sociedad.
Hacer cumplir la Ley, tratar a los delincuentes como lo que son y encerrarlos por largo tiempo si lo merecen no es menoscabar ni los derechos humanos ni las libertades individuales, sino hacer una sociedad más justa, más fuerte, más segura y sobre todo más libre.










