lunes, 31 de octubre de 2011

20 minutos


Veinte minutos lo cambian todo según sea noche o día, si estoy a tu lado o lejos del calor de tu ser.

Veinte minutos se hacen eternos cuando no escucho tu voz, cuando no me cuentan tus labios las inquietudes que te apocan.

Veinte minutos son media hora cuando te espero, son un suspiro cuando me besas, inevitables si aún no has llegado, excitantes si te tengo enfrente.

Veinte minutos de palabras son un silencio si estoy con otros, veinte minutos de silencio son mil palabras si estoy pensando en ti.

Veinte minutos tengo para escribir sobre aquellos momentos, sobre los que eran de los dos, sobre los que se van y no vuelven.

Como una losa pesa el tiempo si no me llamas, como una pluma si me dices ven.

Veinte minutos son esa cosa que marca el reloj con sus agujas perezosas, veinte minutos es el espacio que nos separa, que nos aleja, que se siente espeso entre tu cuerpo y el mío.

Veinte minutos, quince minutos ¿qué más dará el dígito y el tic tac del reloj si estoy contigo, si no quiero que transcurran?

Veinte minutos, media hora, una eternidad. ¿Qué más dará lo que diga el calendario si hace frío o hace calor, si llueve o el Sol brilla en las alturas?

Qué más dará si no te tengo, si no me esperas, si ya no estás donde estabas.

2 comentarios:

José Antonio del Pozo dijo...

te felicito por el tono tan íntimo y sentimental que has conseguido con tu prosa tan depurada. Más la reflexión implícita sobre la naturaleza subjetiva del tiempo, esa fisura entre el tiempo objetivo y el tiempo vivido, que decía también Bergson.
saludos blogueros

Anónimo dijo...

¿De qué sirve el cambio de hora si no estás aquí? La misma soledad de las tres de la tarde sentida antes de comer, la misma de madrugada bailando al compás de las 12 campanadas de mi viejo carrillón.

Nada cambia en la esfera rosada de mi reloj si no estás aquí, ni con horas adelantadas o atrasadas, ni con hora menos en Canarias o sin ella como en Madrid.

Una hora más o menos nada cambia el eco que arroja mi voz contra el muro de tu espalda, tan lejana, tan ancha de hombros desconchados de caricias y alegrías inventadas por encargo.