martes, 1 de noviembre de 2011

Todos los Santos


En el viejo radiocasete empolvado sonaban coplas de antaño, de esas que su madre solía cantar por los rincones mientras regaba los geranios o planchaba cerros de ropa remendada.
La televisión apagada le devolvía su propia imagen marchita, su cabeza calva, su frente arada por el rastrillo del pasado.
Piquer cantaba cada día mejor, esa era la verdad. Muchas veces la había escuchado entonar aquellas frases de amor perdido, de marineros que se marchan y solo dejan en la piel tinta imborrable de recuerdo.
El invierno se abría paso poco a poco tras los cristales, con silbidos el viento le recordaba que también él estaba de paso en aquella vida, que todo terminaría tarde o temprano.

Quería caminar hacia atrás, como los cangrejos, volver a aquel café donde un día la tomó de la mano y la dijo bajito que la quería. Después se hicieron novios.
Se olió las manos sin resultado, ya no quedaba nada tras tantos años de aquel aroma femenino a manzana verde de los campos de su niñez.
Todo había terminado hacía mucho tiempo, ya los sotos de Aranjuez no crujían bajo sus pasos enamorados, ni podía cantarle a nadie aquel tango amarillento que se llamaba Caminito.
Estaba solo, completamente solo y cada objeto de su salón en el que fijaba la vista se lo recordaba sin remedio:
La mascara veneciana, el cuadro alegre y atrevido de Punta Cana, la foto marchita de su boda…
Estaba solo porque la vida es cruel y dura, gélida e hiriente en ocasiones.
De unas sábanas con su olor ya nada quedaba, de una cocina con el espesor de sus guisos

siquiera las sartenes olvidadas en un cajón.
Aquella mañana primera de Noviembre, día de Difuntos, había hecho el esfuerzo de recorrer con pasos cansados los pasillos aromáticos del cementerio de Santa Isabel.
Viudas vestidas de negro adornaban las tumbas de sus maridos, otro señor lloraba frente a una lápida con foto incrustada, allá a lo lejos una mujer joven y de buen ver se retiraba cabizbaja poco a poco hacia la salida.
Él no llevaba ni una flor, ni siquiera una sonrisa con la que adornar la visita a su esposa.
Un ligero padrenuestro se deslizó de sus labios cuarteados antes de rozar con la mano la lápida oscura.
Acostumbrado a su piel cálida y suave, no se hacía a la idea de que aquella fría piedra fuera lo único que quedaba de su maravilloso ser.
Pero así era la puerca vida, el triste final de todas las almas que están de paso.
Ahora escuchaba a Piquer llorar la muerte de un torero, de esos que por la noche saltan la reja de las fincas para robarle al toro unos pases bajo la luz de la Luna.
Día de difuntos, día de Todos los Santos, día de aquellos que se han ido, pero no del todo, pues mientras alguien los recuerda, siguen vivos.
Llamaron al timbre rompiendo la melancolía y el ensimismamiento del viejo.
Con el dorso de la mano se secó una lágrima amarga mientras avanzaba hacia la puerta del hogar.

Un esqueleto diminuto y una bruja con voz de niña le miraban desde el quicio.
-¡Truco o trato! – dijo el esqueleto riéndose con boca mellada.
Por lo visto el tiempo todo lo cambia, hasta las viejas tradiciones.
Ya ni siquiera hay días en los que llorar a los que se han ido con tranquilidad.

3 comentarios:

fus dijo...

Un relato triste con recuerdos de un pasado lejano,y un presente que no entiende...me ha gustado tu relato y creo que me quedarè con tu permiso para seguirte.

un fuerte saludo

fus

pd.si tienes tiempo te invito a que pases por mi blog

José Antonio del Pozo dijo...

se siente la melancolía y la herida abierta por la ausencia en ese personaje que tan bien dibujas.
saludos blogueros

Anónimo dijo...

un relato que vuelca los sentidos, que enmarca y da nombre a la melancolía, "el estado feliz de una tristeza". El reencuentro de un alma en el recuerdo, la necesidad en la confianza, en la Esperanza como moneda de cambio.

¿sabes que Viriato? que esto es la esencia que todos debiéramos llevar dentro.

El más antiguo de los valores como herencia y un recuerdo que aún late.