
Y la tarde caía sobre nuestras cabezas, como la cruel espada de Damocles que cortaría por la mitad el lazo de nuestras manos.
Se sonrojaba el día, el cielo tímido se iba tiñendo de esa luz imprecisa que anuncia el despertar de las estrellas y el manto oscuro de la noche.
Y tú me preguntabas, mirándome a los ojos con luz penetrante de pensamiento:
- ¿Dónde estamos tú y yo? ¡Dime! ¿En manos del destino insorportablemente educado o en manos de la conciencia tremendamente sensata?
Dónde, dime, destino, Dios si creyeras en su influjo... ¡Demasiada dé para seguir perdido en tu mirada!
Solo admito una dé esta atardecida, la de los dos, la que cuelga indecente entre tú y yo, la que sintió Becquer en su rima y nadie se atrevió a discutirle:
-¿Qué es poesía?, dices mientras clavas tu pupila en... - comienzo a decirte lento, muy lento, tan lento que me borras la rima con un solo beso, quizás medio.
- ¡No seas bobo y vete ya! - concluyes tú sonriendo, rompiendo sin complejos la cadencia de lo que el genio había escrito.
Y me alejo.
Chirrían mis pasos sin pausa y sin alegría cuando enfilo las calles de la soledad íntima y maltratada, mientras desgasto las baldosas manidas de las aceras, mientras se clavan por mi espalda las agujas crueles de ese reloj vital al que tú ya no das cuerda.





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