lunes, 13 de julio de 2015

Las calles franquistas

Hablábamos antes de la falta de valentía de los líderes del Partido Popular y de que el congreso político de este fin de semana no era otra cosa que un movimiento electoralista de corte cosmético que no ha abordado siquiera asuntos de calado como las primarias, la democracia interna, la postura del PP frente al nacionalismo excluyente, la política lingüística o la independencia del poder judicial y la posible reforma constitucional que otros grupos piden a voces y que puede ser la puntilla para una gran nación como es la española.
La falta de valentía y el exceso de complejos de la derecha española, representada por la izquierda en su conjunto, desde un amplio sector del PSOE hasta el resto de partidos populistas, lleva en demasiadas ocasiones a no dar la batalla de las ideas o a ponerse de perfil ante iniciativas como el cambio de nombres en el callejero de Madrid que pretende Carmena. Una revisión basada en un informe de un tipo de Izquierda Unida que ha decidido que 150 nombres de calles de la capital de España no deberían existir porque no pasan la prueba del algodón.
Inclúyase en ese listado a pintores como Dalí, que en mi vida hubiera imaginado que era franquista porque lo que ha quedado de él son sus obras mundialmente conocidas, a toreros como Manolete, que por lo visto fue matado por Islero en Linares, pero que aún se merece las cornadas de los morlacos de la ganadería de Podemos y del PSOE de Carmona por ser facha. Según ellos.
No nos olvidemos del autor de las greguerías, esas que me hacían tanta gracia en el instituto y que leía una y otra vez, creaciones brillantes del ilustre Ramón Gómez de la Serna o de políticos como Calvo Sotelo, víctima de la izquierda en 1934, que fue asesinado como un perro al no encontrar sus sicarios a Gil Robles. Calvo Sotelo no tuvo ni oportunidad de ser franquista, por cierto.
No hablemos de Santiago Bernabeu, que por lo que se ve no es meritorio de una calle ni de una estación de metro en Madrid, pues hacer grande al Real Madrid y ser un iluminado del futbol en una época en la que el deporte rey aún no era ni infante no son motivos suficientes para un reconocimiento público. Si hasta un estadio lleva su nombre es por cantar el Cara al Sol como todo el mundo sabe, incluidos los que nacimos después de su muerte o éramos aún niños.
Así podríamos seguir desgranando uno a uno personajes que tienen una calle en la capital y que ahora pueden dejar de tenerla porque la izquierda más sectaria se empeña en hacernos ver que no fueron eminencias en su campo o realizaron hazañas que merecen el reconocimiento público, sino que eran enchufados del régimen franquista.
Quizás algún día la jueza Carmena tenga una calle en Madrid, lo dudo, pero podría darse el caso. Supongo que a ella no le gustaría ser recordada por ser una política sectaria que quiere escamotear a los madrileños parte de su historia y de su imaginario, sino por haber sido una gran magistrada y una justa alcaldesa de la capital de España.
Señores, seamos francos, y no me refiero al Caudillo, sino a ser justos y hablar con propiedad.
La izquierda sigue queriendo ganar una guerra civil que perdió en el 1939, y su afición favorita cuando no tiene otra cosa que hacer es intentar identificar a los populares como nietos de los que sí la ganaron hace más de 75 años.
Yo sin embargo soy nieto de un soldado republicano, que jamás en la vida habló de venganzas en casa, de vencedores y vencidos, de buenos y malos. Simplemente fue mi abuelo, un hombre que tuvo la desgracia de tener veinte años en aquellos años y que tuvo que enfrentarse contra su hermano Nicolás en el frente. Nunca les escuché a ambos discutir ni hablar sobre el tema en las calurosas tardes del agosto alcarreño.
El espíritu de la Transición se basaba en el perdón y en la reconciliación nacional hasta que una ley antiespañola y criminal inventada por el peor presidente que jamás ha tenido España, José Luis Rodríguez Zapatero, nieto (éste sí) de un militar que sofocó en 1934 la Revolución minera de Asturias a las órdenes del general Franco, se inventó la mal llamada Ley de Memoria Histórica y que el PP de Mariano Rajoy no ha tenido el valor de derogar por el qué dirán, por el complejo de que salga en la Sexta el Follonero o el Wyoming llamándole facha y haciendo chistes.
Señores, no pasa nada por defender alguna vez la verdad y ser justos con españoles que engrandecieron su patria por ser brillantes escritores, doctores o militares.
Se empieza por eliminar calles de las ciudades, como ya sucedió en los 80 en Bilbao cuando se borró de un plumazo el nombre de Unamuno o de Cervantes simplemente por ser asquerosos maquetos o sentirse españoles y se termina por juzgar a Hernán Cortés, a Orellana o a Pizarro por crímenes contra la Humanidad por colonizar las Américas o al propio Cervantes por xenofobia y racismo al haberse enfrentado al Gran Turco en Lepanto.
A mí me tocó defender en el Pleno de Aranjuez una propuesta del PSOE que pretendía instrumentalizar de legislatura y que recupero en este enlace.
nuevo el dolor de las víctimas de la Guerra Civil en la que seguramente fue la intervención más dura que he tenido, pero también la más documentada de la
¿Cómo? Con la verdad. ¿Reacciones? Las de siempre: Insultos personales incluso contra mi familia, amenazas con denuncias que aún estoy esperando, llamada del periodista de El País de turno al que contesté que si quería más información sobre lo que es un franquista se la pidiese a Cebrían, fundador de su periódico y  jefe de los informativos del Movimiento, e intentos de descrédito personal y amenazas en Twitter y Facebook de los peor de la izquierda radical.
Sigo pensando, por muy mal que lo pasase, que la defensa de la verdad y la denuncia de las mentiras son lo que se espera de un político, o al menos es lo que yo lo exijo a los que doy mi voto.
Si entramos en revanchismos absurdos y todos nos dedicásemos a lo mismo, cientos de calles dedicadas a La Pasionaria, a Largo Caballero, a mi admirado Alberti, que también estuvo implicado en las checas madrileñas junto a su mujer, o al propio fundador del PSOE, Pablo Iglesias, también podrían desaparecer con la queja feroz de la izquierda como ya sucedió en Elche.
Al final, como decía un panameño o salvadoreño en un comentario de Facebook, lo mejor será llamar a las calles como en las ciudades de su país, por números, o como también sucede en Nueva York, pero ni siquiera Sabina, por muy de izquierdas que sea, podría cantar su famosa canción:


Vivo en el número siete, calle Melancolía. 
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.